La Planchada

Descripción

Su nombre se cree que era Eulalia, una enfermera del antiguo hospital Juárez, quien debido a un desamor, descuidó a sus pacientes provocando diversas muertes, por lo que su alma, para enmendar sus pecados, recorre los hospitales de la ciudad intentando dar alivio a los enfermos que están por morir.

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Durante las noches en que mi abuelo estuvo internado en un hospital, me percaté de un extraño suceso que me llamó la atención.

Por cuestiones económicas, mi abuelo era atendido en una habitación compartida. Ahí pasaba sus últimos momentos junto con heridos y otros enfermos en estado crítico.

Estos pacientes, aislados y casi olvidados, recibían la visita de los doctores durante el día; pero al caer lo noche, sólo en contadas ocasiones, eran visitados por enfermeras que pasaban anotando el estado general de cada enfermo.

Me di cuenta que ocasionalmente y de forma sorpresiva, se presentaba una enfermera vestida de forma atípica, pero impecable, a ver a algún enfermo y que curiosamente, éste ya nunca despertaba.

Este fenómeno se repitió durante varias noches, lo que despertó mi inquietud. Decidí comentarlo con los médicos y ellos me contaron la historia de una enfermera llamada Eulalia.

 Se trataba de una enfermera muy dedicada, que se enamoró perdidamente de un médico que le prometió matrimonio y que al final, sólo jugo con sus sentimientos pues terminó casándose con otra mujer.

La tristeza y el coraje de haber sido objeto de un engaño, la convirtieron en una enfermera distraída y descuidada que provocó la muerte a muchos de sus pacientes. Por eso, al morir, su alma nunca encontró descanso, Ahora se dedica a visitar a los enfermos por la noche ofreciéndoles consuelo para que encuentren la paz en sus últimos momentos.

La historia de la enfermera me impresiono mucho, pero sobre todo, me generó la duda de si en realidad se trataba de una mensajera de la muerte. Como temía que mi abuelo, en lugar de recuperarse fuera una de sus próximas victimas, decidí  hacer un experimento para engañarla.

En las noches que siguieron, cuando estaba solo, intercambiaba los nombres de los pacientes que estaban escritos en cada cama, lo que resultó en que la enfermera, efectivamente acompañaba en la muerte a los pacientes erróneos.

Mi abuelo se recuperó y vivió muchos años más, hasta que finalmente le llegó la hora de dormir para no abrir los ojos nunca más. Aunque triste por la pérdida, me sentía contento por los años de más, que según yo, había conseguido para él cuando estuvo tan enfermo.

Lo más extraño fue que durante su entierro, se presentó la enfermera. Con terror observé que levantó una hoja con el nombre de mi abuelo y que lo guardó en un bolsillo de su uniforme.

Ahora pienso que tal vez nunca engañé a la muerte. Seguramente era la enfermera, quien con su ojo clínico, reconocía quien ya no viviría más, para acompañarlo en su muerte. Yo, sólo había sido un tonto que pensaba que podría engañarla.